Opinión

Mentiras, paranoia y mala fama

La sociedad argentina no es racista ni xenófoba, pero es cierto que sus gobernantes se han esforzado en construirle una mala fama al país. También debe reconocerse que existe cierta inexplicable arrogancia de algunos argentinos, sobre todo cuando están en el exterior, aunque es una actitud más propia de los que viven en la Capital que de los que están en el interior. Tales precisiones vienen a cuento porque se habla más de lo que se prueba sobre una “campaña antiargentina” tras la derrota del seleccionado nacional frente a la selección de España en la final del campeonato mundial de fútbol. El equipo argentino tuvo un desempeño ejemplar durante todo el campeonato, pero ¿por qué no reconocer que la selección española jugó mejor que la argentina en el último y definitivo partido? ¿Por qué no se puede criticar que un par de jugadores argentinos y un miembro del equipo técnico hayan tenido una actitud agresiva y de malos perdedores cuando maltrataron físicamente a jugadores españoles? Existe también la hilarante teoría de que hubo una conspiración internacional para que la Argentina pierda ese partido y que, por eso, los futbolistas argentinos no jugaron como correspondía. ¿Esos conspiranoicos no perciben, acaso, que están sugiriendo que los futbolistas argentinos se prestaron a una maniobra contra su propio equipo? ¿No advierten que los están acusando de traición a los mismos deportistas que crearon en el país hasta poco antes un instante de felicidad colectiva y de unión nacional? ¿Por qué no explican la razón por la que la FIFA urdió una maniobra para que España ganara el campeonato y la Argentina lo perdiera, aunque su equipo sea el subcampeón del mundo después de haber sido el campeón durante cuatro años? Ningún medio periodístico serio se hizo eco de tales teorías, pero vivimos una época en la que las redes sociales se prestan para conformar ciertos antojos populares. Esa no es la función del periodismo, pero las nuevas tecnologías han creado una manera alternativa de observar la realidad, menos verdadera y más ficcional.

Las nuevas tecnologías han creado una manera alternativa de observar la realidad, menos verdadera y más ficcional

¿Cómo llamar racista o xenófobo a un país que recibió en los últimos años a 258.000 venezolanos, según la Dirección Nacional de Población, en solidaridad por el despotismo y la crisis que debían soportar en su país? ¿Cómo, cuando 100.000 colombianos se sumaron a la sociedad argentina en tiempos recientes? Solo se escuchan de todos ellos, ya sea un médico o un chofer de Uber, palabras de agradecimiento hacia una sociedad que nunca los discriminó. A ellos deben sumárseles 900.000 paraguayos, 700.000 bolivianos y 112.000 uruguayos, entre otras colectividades, como la peruana o la chilena. Esa buena recepción argentina al extranjero se respalda, tal vez, en la propia historia del país, porque las generaciones de la organización nacional (que promovieron la era más exitosa de todo el recorrido argentino) construyeron una sociedad de inmigrantes. “Los argentinos descienden de los barcos”, sentenció el incomparable escritor mexicano Carlos Fuentes, antes de morir prematuramente. Tenía razón. Unos 20 millones de argentinos descienden de españoles y otros tantos tiene raíces italianas. Significan el 80 por ciento de la sociedad argentina. La comunidad judía argentina es la más importante de América Latina y una de las más importantes del mundo. En la Argentina sucedió la primera experiencia de un diálogo interreligioso permanente, que aún existe, impulsado por el entonces cardenal Jorge Bergoglio; participan fundamentalmente las tres religiones monoteístas: la cristiana, la judía y la musulmana. Es verdad que no hay en el país muchos afrodescendientes; solo un 0,66 por ciento de la sociedad argentina se siente afrodescendiente o con antepasados africanos. Más allá de ciertos insultos esporádicos de algún argentino desubicado -desubicados hay en todo el mundo- la Argentina no registra un número preocupante de casos de discriminación. Seguramente es consecuencia de que aquí se eliminó la esclavitud en 1813, tres años más tarde de que se formara el primer gobierno nacional; se terminó entonces el inhumano negocio de la compraventa de esclavos en el país.

Ni Scaloni ni Messi privilegiaron nunca la conspiración frente a la verdad más simple

Quizás porque los argentinos padecieron demasiados fracasos políticos y económicos, son renuentes a aceptar nuevas derrotas, aunque sea solo en el final de un partido de fútbol y después de una excelente trayectoria de la mano de dos líderes deportivos excepcionales: el director técnico Lionel Scaloni y el indescriptible Lionel Messi, que se colocó por encima del mito humano y deportivo de Diego Maradona. Ni Scaloni ni Messi privilegiaron nunca la conspiración frente a la verdad más simple. El jugador Leandro Paredes, que fue uno de los que protagonizó la gresca final con algunos españoles, sintetizó esa verdad, implícitamente arrepentido de lo que hizo: “Ellos jugaron mejor que nosotros”, aceptó. La derrota final reflotó el resentimiento de argentinos que vivieron de frustración en frustración, luego de toda una vida con la ilusión de residir en algún momento en una Argentina convertida en una potencia mundial. Nunca lo fue. El único aspecto cuestionable de lo que pasó con la Argentina y el Mundial es el uso que hicieron la AFA y sus dueños, Claudio “Chiqui” Tapia y su cómplice Pablo Toviggino, tesorero de la millonaria organización del fútbol argentino, del talento de los futbolistas de la selección nacional. Tapia llegó al extremo de exhibir la seguridad de su impunidad delante de los periodistas y escudado por Messi, aunque sin el conocimiento previo de este. ¿Es natural que un país confíe más en la Justicia y en las investigaciones norteamericanas que en las pesquisas nacionales? No es natural ni normal. Pero las fechorías de los dirigentes de la AFA se entrelazaron aquí dentro de una madeja incomprensible dentro de un laberinto judicial. Una justicia que se demora más en discutir sobre competencias y jurisdicciones que en investigar las denuncias de corrupción deja de ser justicia. En síntesis, la selección argentina es exitosa (y también un ejemplo del trabajo de un equipo), pero Tapia y Toviggino -y los que resulten cómplices de ellos- deben responder ante la Justicia por denuncias sobre corruptelas que rondan los 400 millones de dólares. Ya no es soportable seguir mirando cómo la Justicia discute qué juez tiene que investigar la propiedad de un mega mansión en Pilar valuada en 20 millones de dólares, que está a nombre de un monotributista y de su madre, una mujer jubilada. El dueño real, según la versión más fiable, es Toviggino, quien se la prestaba a algunos encaramados jueces para que celebraran sus cumpleaños. Si fuera así, buena parte de los jueces federales deberían excusarse de seguir investigando a Tapia y Toviggino. Ellos estuvieron demasiado cerca del delito y no lo vieron. ¿O no lo quisieron ver?

Una justicia que se demora más en discutir sobre competencias y jurisdicciones que en investigar las denuncias de corrupción deja de ser Justicia

La mala fama de la Argentina no es culpa de sus jugadores de fútbol ni de los argentinos en general; la culpa principal es de su dirigencia política que logró un país que se olvidó de las reglas, buenas o malas. No tiene reglas. La Argentina es históricamente, según el Ciadi, el tribunal arbitral del Banco Mundial, el país con más denuncias de empresas extranjeras, administradas por esa institución, por el incumplimiento de contratos o directamente por la ruptura de contratos. Para la Unctad, un organismo de las Naciones Unidas para el comercio y el desarrollo de los países, la Argentina es el segundo país, después de Venezuela, en recibir denuncias de compañías extranjeras. La diferencia entre la Argentina y Venezuela es mínima: 67 denuncias contra el país del chavismo y 65 contra la nación del kirchnerismo. Sucede que la Unctad releva todos los arbitrajes internacionales de inversión, independientemente del lugar en el que se tramiten. El Ciadi, en cambio, hace la estadística según los casos que le cayeron solo a ese organismo.

No hay peor campaña “antiargentina” que la que promueven los políticos argentinos

La democracia argentina ha sido zigzagueante en materia económica y esa dinámica creó un concepto de país imprevisible, dudoso e inestable, que se extendió luego más allá de los sectores económicos y diplomáticos. El gobierno de Carlos Menem, pero sobre todo de su ministro Domingo Cavallo, estableció una política de garantías absolutas para los inversores extranjeros. El gobierno de Fernando de la Rúa respetó esos compromisos, pero su debilidad política lo convirtió en poco creíble para las compañías que arriesgaban sus dólares en el país. Lo peor estaba por suceder. El arribo del kirchnerismo significó la destrucción de todo lo que lo precedió, aunque el matrimonio Kirchner había apoyado al menemismo en su apogeo. Luego de doce años consecutivos de kirchnerismo, en 2015 llegó Mauricio Macri, quien aplicó también una política de respeto a los inversores, nacionales o extranjeros. Pero empresarios extranjeros (fundamentalmente españoles) le hicieron una advertencia no bien accedió: ellos esperarían que Macri ganara varias elecciones, la relección más que nada, para invertir en la Argentina. Estaban decepcionados (y desvalijados también muchos de ellos) con lo que había pasado entre Menem y los Kirchner, a pesar de que esos presidentes argentinos pertenecían a un mismo partido político. España fue el principal inversor extranjero en la Argentina durante la década del 90 y, por eso, fueron también sus empresas las que más juicios entablaron en el Ciadi. Algunas privatizaciones que beneficiaron a empresas españolas fueron realmente malas, como la de Aerolíneas Argentinas en manos de la empresa Marsans; su principal accionista, Gerardo Díaz Ferrán, terminó preso en España, aunque no por motivos vinculados con la empresa aeronáutica. Repsol se quedó con la mayoría accionaria de YPF, pero aceptó después la presión de los Kirchner para que le vendieran el 25 por ciento de la compañía a la familia Eskenazi, que pagó con sus propios dividendos. Los dividendos se los llevaron todos sus accionistas (también Repsol), la inversión cayó verticalmente y eso significó el vaciamiento de la principal empresa argentina. La verdad es completa o no es verdad. La historia de las transgresiones argentinas no concluyó ahí. La desconfianza de los empresarios extranjeros terminó dándoles la razón. Macri perdió la relección a manos de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner, que en 2019 regresó al poder. Nuevamente el peronismo kirchnerista rompió los contratos de Macri. El posterior arribo de Javier Milei reacomodó las cosas según las políticas de Cavallo y de Macri. Existen ahora algunas inversiones en energía, minería y agroindustria, pero muchos empresarios, extranjeros o nacionales, están esperando ver qué sucede con la suerte política del presidente libertario. “La relección debe ganarse en primera vuelta”, aseguran, con más anhelo que seguridad, cerca de Milei, y lo dicen después de mirar el mapa de las inversiones. Los Kirchner debieron pagar más de 428 millones de dólares en juicios perdidos en tribunales internacionales, además de los 10.000 millones de dólares, incluidos los plazos y los intereses, que el entonces ministro de Economía, Axel Kicillof, arregló con Repsol por la confiscación de YPF, pero no con los Eskenazi. Esta última parte es la que terminó en Nueva York hace poco, cuando una Cámara de Apelaciones revocó una resolución de la jueza Loretta Preska que le ordenaba al país pagarle 16.000 millones de dólares al fondo Burford, a quien los Eskenazi le vendieron los derechos para litigar. Milei celebró ese día porque le sacaron de encima una deuda impagable. Fue el buen resultado de una estrategia que comenzó con el procurador del Tesoro en tiempos de Macri, Bernardo Saravia Frías, y concluyó con el actual procurador, Sebastián Amerio. La continuidad tiene su valor. A su vez, Macri pagó más de 870 millones de dólares por juicios también perdidos contra el país por las correrías del kirchnerismo. Aunque la orden que dio Milei es recuperar la confianza de los mercados internacionales, a los abogados del Estado, nucleados en la procuración del Tesoro, les será arduo explicar que ya no existe la lógica argentina de los incumplimientos, el litigio y el desaliento a la inversión. No hay peor campaña “antiargentina” que la que promueven los políticos argentinos. Ya es hora de que dejen tranquilos al fútbol y sus jugadores.



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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